martes, agosto 07, 2012

Sanciones: asesinatos masivos por medios diplomáticos

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Niño iraquí con leucemia por las bombas de uranio enriquecido.

En 1945, EE.UU. lanzó dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki matando instantáneamente a 120.000 civiles. La cifra total de víctimas mortales de los horrendos bombardeos se ha calculado, a la baja, en mucho más de 200.000 personas. Hasta nuestros días, el mundo sigue espantado y horrorizado por las imágenes visuales que registraron la muerte y destrucción causadas por las bombas. El impacto negativo llevó a EE.UU. a utilizar un arma diferente de asesinato masivo: las sanciones.

A diferencia del espanto y el horror causados por las bombas atómicas lanzadas en Japón, el mundo no se estremeció con las imágenes de los 500.000 niños iraquíes cuyas vidas fueron aniquiladas por las sanciones. EE.UU. que no solo se ha enorgullecido del asesinato masivo de niños inocentes sino, alentado por el silencio y la aceptación de su arma preferida, ha vuelto el arma de asesinato masivo de la diplomacia contra otro país, Irán.


Ha habido poca resistencia a las sanciones en la falsa creencia de que son un instrumento de la diplomacia y preferibles a la guerra. La puesta en práctica de esa idea ha sido una importante victoria de la diplomacia estadounidense. Pero la realidad es diferente. Las sanciones matan indiscriminadamente -son más letales que “Fat Man” y “Little Boy”, las dos bombas atómicas que costaron la vida a más de 200.000 personas-. En el caso de Irak, las Naciones Unidas estimaron que murieron 1.700.000 civiles iraquíes como resultado de las sanciones. 1,5 millones de víctimas más que por las horribles bombas atómicas lanzadas sobre Japón. La hora de gloria de la diplomacia.

Los asesinatos continuaron a pesar de que Denis Halliday, exsecretario general adjunto de las Naciones Unidas, y muchos otros altos funcionarios renunciaron a sus puestos en señal de protesta contra las sanciones, diciendo: “La política de sanciones económicas está en bancarrota total. Estamos destruyendo toda una sociedad. Es así de simple y aterrador”.  En 1999, setenta miembros del Congreso apelaron al presidente Clinton para que levantara las sanciones y terminara con lo que calificaron de “infanticidio enmascarado de política”. Pero EE.UU. siguió dirigiendo su danza de la muerte diplomática.

EE.UU., un país en bancarrota moral y autoproclamado policía global de la moralidad, obedeciendo los deseos de los grupos de cabildeo pro Israel dirige desde hace años su arma letal de asesinato masivo a Irán, sanciones disfrazadas de diplomacia. La comunidad global, desinformada y desorientada, se entrega a la falsa creencia de que se ha evitado la guerra, sin pensar en el sufrimiento y la muerte.

En los hechos, la idea de que las sanciones económicas moralmente siempre son preferibles al uso de la fuerza militar ha sido cuestionada por Albert C. Pierce, profesor de Ética y Seguridad Nacional de la Universidad Nacional de la Defensa de EE.UU. Su análisis mostró que las sanciones económicas infligen mucho dolor, sufrimientos y daños físicos a civiles inocentes, tanto que a veces son preferibles las operaciones militares a pqueña escala. (Ethics and International Affairs, 1996).

Pero EE.UU. prefiere no involucrarse en una guerra. La confrontación militar no solo provocaría la condena global, sino que además la historia ha demostrado que aunque EE.UU. logra ganar batallas no puede ganar guerras (Vietnam, Irak, Afganistán…). Por eso recurre a las sanciones, un instrumento ‘diplomático’ implacable y cobarde, con el fin de ocultar su papel de enemigo que priva a las naciones atacadas de sus defensas frente a una horrenda agresión. Las sanciones, la guerra de un enemigo no identificado por un uniforme militar, tienen el objetivo de eliminar la resistencia, de atacar a mujeres y niños, a débiles y ancianos, de producir un cambio de régimen sin temor a represalias o a la crítica de la comunidad ‘amante de la paz’.

En este año de elecciones, como en el pasado, el apaciguamiento de los lobbies pro Israel es más importante que la naturaleza humana, que el bienestar de los estadounidenses y que la seguridad de la comunidad global.

Un informe preparado en 2005 por los economistas Dean DeRosa y Gary Hufbauer demuestra que si EE.UU. levantara las sanciones contra Irán el precio mundial del petróleo bajaría un 10%, resultando en la economía anual entre 38.000 y 76.000 millones de dólares solo para EE.UU. La actual recesión global haría que las cifras mencionadas parezcan pequeñas.

En guerra incluso consigo misma, la Cámara de Representantes aprobó el H.R. 1905, la Ley de Reducción de la Amenaza Iraní y de Derechos Humanos en Siria. Dejando de lado por el momento el oxímoron de sanciones y derechos humanos, EE.UU. exige que la comunidad internacional no solo participe en las sanciones mortíferas, sino que además lo haga en oposición directa a los intereses de toda nación soberana. Es una contradicción flagrante con los argumentos presentados por AIPAC [lobby pro Israel en EE.UU., N. del T.] en 1977 ante el boicot de la Liga Árabe.

AIPAC definió exitosamente el boicot de la Liga Árabe como “acoso y chantaje contra EE.UU.; una interferencia en las actividades empresariales normales… que las actividades de boicot son contrarias a los principios de libre comercio que EE.UU. ha adoptado durante muchos años… y la interferencia árabe en las relaciones de negocios de firmas estadounidenses con otros países es en efecto una interferencia en la soberanía de EE.UU.” [i]

No obstante EE.UU. ha chantajeado con éxito a otras naciones para que sean sus cómplices en el sufrimiento y el asesinato masivo usando el arma preferida de la diplomacia. Creer que Irán (o Siria) serán los´únicos objetivos de esas sanciones es tan ingenuo cómo creer que las sanciones representan el uso de la diplomacia para evitar la guerra. El impacto global del arma letal -sanciones- es simplemente encubierto por la diplomacia. Un golpe diplomático ejecutado de modo brillante e implacable.

[i] H. Alikhani, Sanctioning Iran, Anatomy of a Failed Policy, Nueva York, 2000, p.321

Soraya Sepahpour-Ulrich es Experta Pública en Diplomacia, investigadora independiente y bloguera que se concentra en la política exterior de EE.UU. y en el papel de los grupos de cabildeo.

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