sábado, junio 15, 2019

Los padres no amamantan, pero aman




Por Sergio I. Rivero Carrasco


En la víspera de la celebración que cada año acoge al tercer domingo de junio para agasajar a los padres, me parece oportuno hacer algunas reflexiones que a mi juicio, vendrían muy bien a los que tenemos la hermosa dicha de ser papá y haber vivido momentos hermosos en la crianza de nuestros hijos.

Es un concepto casi generalizado en nuestra sociedad que cuando hablamos de crianza de los niños, la primera imagen que viene a la mente es la de la madre; la cultura familiar al estilo tradicional, el machismo heredado unido a las malas costumbres practicadas por años justifican ese razonamiento, pero es que también tenemos loables ejemplos de padres que han asumido la crianza de sus hijos por circunstancias de la vida y ha sido exitoso.


Pensar en positivo, razonar con cordura, hacerle cosquillas a las fibras más sensibles de nuestros corazones harán que sintamos el más profundo amor por nuestros “cachorros”. Porque si bien es cierto que no amamantamos a los críos como nuestras esposas, sí compartimos las mismas responsabilidades en su cuidado y crianza. No hay que amamantar para amar.


Que un padre no amamante no significa que no deba tener las mismas responsabilidades
que la madre. Los padres también disfrutamos de los momentos de cercanía con nuestros hijos, de las canciones de cuna, de sentirles en el pecho, de escuchar cómo respira, de saber que esa pequeña criatura crecerá a nuestro lado y se convertirá en una u otra persona dependiendo de la educación que le proporcionemos diariamente.


El amor que profesamos por nuestros hijos es incondicional con independencia de que no se formó en nuestro vientre y hayamos pasado por los malos o buenos momentos de sentir los dolores y malestares de un parto; esas son bondades con las que la madre natura dotó a las mujeres y como hombres celebramos esa magia en el cuerpo de ellas y admiramos con denuedo esas virtudes. Pero el amor no es abstracto, tiene matices y acciones concretas que se traducen en la guarda de nuestras responsabilidades paternales, porque si de algo debemos estar convencidos, es de que nosotros “no ayudamos” a las madres de nuestros nenes a su crianza, sino que compartimos con ellas esa hermosa y tremenda responsabilidad que nos acompaña el resto de nuestras vidas.


Por fortuna  hoy los roles de género han cambiado y cada vez son más los padres que asumimos las mismas responsabilidades que las mujeres tanto dentro como fuera del hogar, y ese “pequeño detalle” será muy importante para lograr que las interacciones con nuestros  hijos se queden marcadas para siempre en sus corazones; marcas que le ayudarán a desarrollar de forma más positiva o negativa su personalidad y sus emociones, en dependencia de la intensidad con las que ellas se realicen.


Quien entrega amor, recoge amor. Hacer el bien noble y sanamente engendra virtudes.
Cuando cargamos a los pequeños y los juntamos a nuestros cuerpos, piel con piel, sintiendo esa sensación de hermosa tranquilidad mutua que no es más que amor, les estamos haciendo el símil de su madre cuando los amamanta y les transmite confianza y seguridad. La figura paterna es imprescindible para que los hijos crezcan sanos y libres, sin sufrimientos ni ataduras, sin los malos ejemplos de violencia o maltrato físico o verbal.

“Los años pasan madurando, no envejeciendo”, sentenció nuestro Martí, y no se equivocó; este legado nos convida a mantener vital los sentimientos, hacer de la vida una actualización constante, mantener un pensamiento acorde a los nuevos tiempos para comprender mejor a los hijos y corresponder a su bienestar emocional. 


Estamos convencidos de que aunque no amamantamos, sí amamos a los niños desde que son concebidos, y cuando nacen necesitan de nuestra presencia siempre afectuosa, cercana y amorosa. Si logramos que nuestra unión familiar sea perdurable, podremos desde bien cerca en el hogar,  centrarnos en lograr que nuestras descendencias crezcan como seres humanos nobles, amorosos y responsables.

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